miércoles, 18 de mayo de 2005

Que se llama Soledad.



Cerraron el bar hacia las tres de la madrugada. Había sido un día duro y la recaudación no estaba mal para ser Lunes. Se montaron en el coche y pusieron rumbo norte hacia Madrid a cumplir lo pactado.
Por el camino iban escuchando el nuevo LP de Joaquín Sabina, Hotel dulce hotel. Mortimer canturreaba a coro con el de Ubeda, mientras su jefe conducía y escuchaba:

"Algunas veces vuelo y otras veces, me arrastro demasiado a ras del suelo; algunas madrugadas me desvelo y ando como un gato en celo, patrullando la ciudad, en busca de una gatita, en esa hora maldita en que los bares apunto estan de cerrar, cuando el alma necesita un cuerpo que acariciar".

Joaquín Sabina siempre supo describir ese ambiente Madrileño de la noche, sus recovecos, sus miserias, sus gentes y sus historias. Cantautor urbano que vive en la movida, lo mismo se te va de putas con tres tíos cargados hasta el culo de caballo que lo ves cantando el blus de lo que pasa en mi escalera.

Acabando de escuchar lo que restaba de cinta a la cara B llegaron a la puerta del bar de alterne, un puticlub fino, con aparcacoches y portero con sombrero de copa. Llevaban dinero de sobra. Bajaron del coche y traspasaron la alfombra roja que llegaba hasta la puerta.
Dentro había poca luz y mucho humo. Mesitas bajas llenas de vasos de tubo, y alrededor de ellas hombres trajeados con las corbatas flojas junto a mujeres hermosas, provocadoras de lascivias y básicos instintos, guiñadoras de ojos que reían entre trago y trago y siempre decían: "¿Me invitas a una copita tu a mí, síííí?". Olía a orgasmos fingidos, a colonias irresistiblemente afrodisíacas, a dinero negro y a infidelidades consumadas.
Nada mas arrimarse a la barra pudieron notar como ellas los miraban, y después como se miraban entre ellas, y como se reían algunas.
Dos morenas, insinuadoras de cielos y nirvanas, se les acercaron al poco de haber pedido las copas.
Una tenía el pelo rizado y melena, la otra corto y alisado. La del pelo largo le dijo a Mortimer acercando sus labios carnosos a su oreja:
-"A tí no te conozco cariño, eres nuevo por aquí, veo que sí -decía mientras le acercaba la mano a la cremallera del pantalón-, te habría recordado".
Y antes de que Mortimer reaccionara con una torpe respuesta, añadió: -"Vamos al reservado. Y tú cariño a mi lado".
Aquella mujer apretó la cabeza de Mortimer entre sus calientes pechos y los cuatro se sentaron juntos en una mesita apartada.
Allí la tenía, enfrente de él, seductora, dispuesta, accesible. Le cogió la mano a Mortimer y se la llevó a su cuerpo, rozándo con ella su pecho, sus piernas, su sexo. Mortimer siempre se dejaba hacer, sobre todo en este caso.
En ese momento fue cuando se comenzó a derretir el hielo que flotaba en los cubatas. No era cuestión de preámbulos, ni de perder el tiempo hablando.
Llegó una camarera semi vestida con dos benjamines de cava en una bandeja para ellas.
Estuvieron allí poco rato, lo que duraron los benjamines y los cubatas. Después se levantaron un poco más calientes y menos cohibidos, abrazando a las muchachas como si fueran suyas, magreandolas sin descanso como si se fuese a acabar el orégano en el monte.
Salieron y se montaron en el cohe los cuatro hacia un hotel cercano que ellas conocían de sobra. Pidieron dos habitaciones, los dieron sendos juegos de toallas y cada uno se fué a la suya. Mortimer se fué con la del pelo rizado sin oponer resistencia, pero armado.
Esa noche ocurrió lo que estaba preescrito que pasaría desde que salieron del bar, esa era la idea.
A las catorce primaveras que Mortimer acababa de deshojar en el calendario perdió lo único que a ningún hombre le pesa perder, la virginidad. Eso sí, de forma profesional, sin torpezas.
Aquella mujer de la vida supo en todo momento por donde se andaba.
Fué algo deseado desde hacía tiempo, desde que sus manos descubrieron el nexo de unión placentero que experimentaba cuando las ponía al servicio del órgano prohibido, por aquél entonces, de un escolar de sexto año y seminarista menor de primero.
Una vez terminada la sesión, después de fumarse un cigarro, mientras se estaban vistiendo, ella le quiso hacer un regalo por ser su primera vez, por haberle robado el mes de Abril; y seguramente para que otro día volviera.
Allí mismo, junto al cuarto de baño, le hizo una suave felación, tranquila y tierna. Fué la guinda, el colofón de una experiencia nueva.
Cuando todo acabó, se despidió de Mortimer con un maternal beso en la frente y le dijo:
-"Me llamo Soledad, nunca olvides que fui la primera".
Mortimer la miró por última vez. Esa imagen, esa pálida noche, jamás se le borrarían del cerebro.
Eran las siete de la mañana cuando volvieron a casa. Había que abrir el bar, lo hecharon a suertes y le tocó trabajar al jefe. Que se le va a hacer.
Mortimer se marchó a su casa. Antes de meterse en la cama se miró en el espejo de frente y, señalando con el dedo su reflejo, guiñó un ojo y sonrió.


Mortimer salió de su ensueño. Se levantó del sofá y apagó el equipo de música. Caminó hasta la cocina y puso a calentar el café. En esos momentos sonó el teléfono. Mórtimer no dejó que el contestador automático cumpliera con su misión y fue a coger el aparato:
-"Sí".
-"Motimer, alguien la ha palmado en la comarcal 506, vete hacia allí de inmediato. Ya tienes preparada la caja, dentro del coche fúnebre barato".

Mortimer dejó el café para otro momento y salió de su casa. Al llegar a la funeraria se montó en el coche fúnebre que se utilizaba para los don nadies de la sociedad y salió rápido. Al llegar al lugar indicado ya estaba allí el juez que tenía que levantar el cadaver.
Mortimer se fué hacia el comisario de policía, que estaba al lado del cadaver; la rutina en estos casos.
-"Hola comisario"
-"Hola Mortimer, ya veo que otra vez te ha tocado".
-"Ya, ve bién", dijo Mortimer al comisario.
-"La muerta era la camarera del club de las viejas, la han atropellado y se han dado a la fuga. No ha habido testigos".
-"Cómo se llamaba, comisario".
El comisario consultó en su libreta y mirando como metían el cuerpo muerto en una bolsa negra contestó:
-"Se llamaba Soledad".

4 comentarios:

El Enigma dijo...

Bien, me gusto... en especial el cierre de varios elementos, el mes de abril y sabina, soledad la chica y soledad el final y la soledad que podemos imaginar se siente en el momento de saber quien es la muerta.

Bien bien bien... levanto un whiskey por vos...

El Enigma
Nox atra cava circumvolat umbra.

El caminante dijo...

Excelente, buen realismo magico!, Me gusta el cierre y como le robaron el mes de abril a Mortimer. Salud poeta !

frank dijo...

muy bueno !
muy bueno !
pero muy bueno !

está buenísimo, felicitaciones Ecce
este cuento está de antología

me recordó la pelicula "Lulú en el puente" sobre una novela de Paul Auster - ¿la viste?, pero diferente...

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te tengo una imagen que quizás te sugiera un cuento
¿adónde te la envío?

alma dijo...

Muy bonito..te ha quedado realmente bien...besos
muasssssssssssss

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