martes, 31 de mayo de 2005

Tócala otra vez.



-Ponme otra-, dijo Mortimer señalando con el dedo el vaso vacío.
El camarero abrió la puerta de una de las neveras y sacó una botella helada de birra cinco estrellas. Le quitó la chapa y la vertió lentamente en el vaso. La espuma subió hasta el borde. Mortimer sorbió un trago. Cogió el vaso y se fué hacia el pequeño escenario de madera. Se sentó en el taburete y abrió la gastada tapa que cubría las teclas del viejo piano de cola. Sacó del bolsillo interior de su chaqueta una partitura y la colocó con cuidado.
No había muchos clientes. Cada uno estaba a su copa, a sus asuntos cotidianos, a sus mundanos intereses.
Mortimer empezó a tocar. Con los ojos cerrados se iba dejando llevar por el sonido. Las notas iban saliendo de sus dedos como las letras de los míos.
Fluían las notas y, junto al humo de los cigarrillos, lo inundaban todo, poco a poco, envolviendo en un abrazo sonoro a todos los presentes.
Ya nadie miraba en sus vasos como se derretían los cubitos de hielo, ni hablaban de sus miserables vidas, ni pensaban en balde, ni se miraban extrañados el ombligo. Sólo escuchaban a Mortimer tocar el piano.
Embelesos, sus mentes se dejaron arrastrar a orillas nuevas por los mares de notas musicales que parían los dedos de Mortimer al apoyarse sobre las teclas.
Con cada acorde que penetraba por los oídos se alejaban más los individualismos universales y se estrechaba más el vínculo que hace más humanos a los seres. La mística fusión de las almas con la música.
Mortimer seguía con los ojos cerrados, transformando en música lo que bullía en su corazón.
Aquellas notas los hipnotizaban, los sacaban de este mundo a otro muy diferente, donde flotaban inhertes, sumergidos en la magia de lo bello, lejos de los ruidos mundanos, lejos de sus calles malolientes, muy alto, más allá de las nubes y de las estrellas, por encima del bien y del mal.
Mortimer, mientras tocaba, soñaba nirvanas, bosques celestiales, extensas planicies de calma, horas inmortales ancladas en el tiempo. Sus notas eran puras, como el agua de las montañas, dulces y tiernas, como una madre cantando una nana.
En ese estado accedía a la profundidad del mundo entreviendo su secreto sentido. Interpretaba mediante la magia de la música su propio ser, tal vez para aclararse a sí mismo. Su música reflejaba un mundo; era un quejido, un pensar y meditar, una especie de juego con su soledad, con su yo más íntimo que ha cobrado conciencia de sí.
Cuando Mortimer dió por finalizado el tema, abrió los ojos, vió a todas aquellas personas quietas, mudas en sus sitios, con una sonrisa de oreja a oreja. Todos seguían en silencio, como en babia.
Mortimer cerró con suavidad la tapa, guardó en el bolsillo de su chaqueta la partitura que había interpretado de memoria y, apurando el último sorbo de cerveza, se marchó del local por la puerta trasera, en silencio, dejándolos a todos allí flotando como cubitos de hielo en un vaso.
Elevado más allá de las fronteras y los diques secos, en otra esfera, como un Juan Salvador Gaviota, en otros cielos, se dijo mientras se alejaba: -Estoy listo-, y sonrió.
Entonces ocurrió algo. Todas esas personas que le escucharon se levantaron y comenzaron a abrazarse, a darse besos, a acariciarse los unos a los otros. Salieron a la calle e hicieron lo mismo con los que pasaban por allí.
Todos se abrazaron los unos a los otros, y el que era abrazado, o besado, o rozado simplemente, comenzaba a su vez a abrazar, o a besar, o a rozar, sencillamente.
Los abrazos de los abrazantes se extendieron en progresión geométrica por las calles, por otros barrios, por la cárcel, como un virus por el aire.
Entraban por los mercados, por los bancos y por los cuarteles abrazando a todo el que se cruzaban por su lado. Todos se abrazaban, se acariciaban y se besaban sin distinción de sexo, edad o raza.
Las nubes también se juntaron para abrazarse. Chocaron y comenzó a llover frente al Sol. Un arcoiris muy intenso apareció cruzando el cielo y la ciudad de un extremo a otro.
Ese día no hubo muertes, ni peleas, ni lágrimas en los ojos.
Todo lo trágico que porta la vida de cada ser se disolvió en dulzura, en esa extraña sensación que nos inunda cuando el corazón nos rebosa amor, ternura, pasión, y nos sabemos felices hasta los tuétanos.
Tras cada gesto de aquellas personas iba un reguero que podía seguirse sin miedo. Y lo hicieron. Todos fueron absorbidos por una magia hasta ahora inadvertida.
El detonante, esta vez, fue la música. El que prendió la mecha fue un hombre, un hombre con todas las letras. Pudo ser Mortimer con su música como Jesucristo con sus ideas.
Aquello abarcó una ciudad entera. Toda una ciudad amándose sin tapujos, sin importar nada más que tener a alguien delante para amarlo sin piedad, para mirarlo a los ojos y no ver más que una persona más a quien abrazar, o besar, o simplemente acariciar.
Al caer la noche todos se fueron marchando a sus casas. Cuando la luna alcanzó su cenit ya no quedaba nadie en las calles. Excepto Mortimer, que se quedó toda la noche frente al estanque, sentado en el banco del parque.
A la mañana siguiente nadie se acordaba ya de lo que ocurrió la víspera. Todos hacían su vida de siempre, todo era aparentemente normal.
Mortimer se levantó del banco, sacó la partitura del bolsillo y arrugándola con una mano hizo una bola que lanzó al agua con todas sus fuerzas.
Una lágrima le resbaló de los ojos por la mejilla. Se la limpió con la mano, se puso sus gafas de sol y se marchó en su coche fúnebre a seguir repartiendo muerte.

5 comentarios:

alma dijo...

Ojalá todo fuese tan sencillo como cerrar los ojos y transportarse a esos momentos en que todo parece sonreirnos(aún sin música de fondo)...un beso
muassssssssss

Cristal dijo...

¡Que fuerte lo que escribes! La esencia... la verdad, la mía...
Un fuerte abrazo

frank dijo...

¿tenemos el paraíso en nuestras manos y lo volvemos a perder siempre?

¿existe en realidad un paraíso?

¿o es sólo una añoranza humana? ¿inexistente? ¿imposible?

la música de Mortimer y su mensaje de amor incalculabre entre los hombres - y qué pasa cuando alguien componga otra melodía?

buen cuento !
muy bueno !

me gustan tus finales... a veces, sorprendentes.

jartos dijo...

Me siento muy pequeñito despues de leerte. Joder tio, es que escribes de miedo. Tendria casi que pedriete disculpas y permiso para volver a escribir. hay gente que estais poniendo el listón muy alto.

Muy bueno el cuento y el mensaje. Buen Camino.

La caminante dijo...

Alguien podría haber abrazado a Mortimer.

Related Posts with Thumbnails