miércoles, 29 de junio de 2005

Paz.




Mortimer no creía que la paz fuese posible, sino sólo individualmente.
Mortimer no oyó decir jamás a nadie, ni leyó nunca nada, que dijera que hubo alguna vez paz en el mundo.
En todas las épocas de la Historia hubo que echar mano de las armas, de la coacción y de la violencia para conquistar la paz. Y, una vez conseguida, a un precio incalculable de horror y víctimas, defenderla con otro tipo de guerras, la fría, la post-guerra...
Miles de ejércitos encargados de velar por la paz; que tremenda ironía. A los soldados se los adiestra para matar. En tiempo de verdadera paz no harían falta; de veras.

De la única paz verdadera que Mortimer tenía conocimiento era de la individual. Esa paz que sólo se consigue a través del conocimiento, de las artes, de la filosofía y del amor. Esa paz que no necesitan que la defiendan. Esa paz que si todos la buscasen individualmente desembocaría en una utopía. Una paz personal, interior y trascendental.
Esa paz interior que sí había visto como posible y real; porque otros ya llegaron a ella antes (cierto que han sido pocos y en contadas ocasiones, repartidas a lo largo de la historia); porque muchos fueron dichosos buscándola aunque murieran sin llegar a abrazarla en toda su plenitud.
Mortimer sabía como era ese estado mental (la paz es un estado mental), a él le hizo falta buscarlo y encontrarlo más que a nada en el mundo.
El destino se lo puso al alcance de la mano un día en que ya lo daba todo por perdido.

En un agónico momento de su existencia, Mortimer vagaba como un lobo estepario, perdido entre las sombras y dejándose atrapar por la desolación y la amargura, por la cara más tiránica de la soledad, la soledad que no es esperada, la que te despoja de golpe de lo que más amas, de lo que más necesitas. La que te deja enfrentado a la nada, al vacío de la existencia.

Mortimer descubriría más tarde la otra cara de la soledad, la de la soledad bien entendida, la soledad fructífera que acompaña como una sombra amigable. La que da cobijo a nuestros desbordamientos de búfer. La que nos encauza de nuevo al orden dentro del caos y la locura. Una especie de madriguera calentita y confortable donde se regresa una y otra vez, tras cada envite de la vida, tras cada palo en el orgullo, tras cada derrota en las causas perdidas. Un refugio donde lamer las heridas.

Una larga angustia existencial estaba gangrenando, poco a poco, los cimientos de la existencia de Mortimer. Los quiebros que dan los acontecimientos, con nosotros dentro, habían dinamitado, hasta quebrar, las defensas vitales de un hombre que, a todas luces, estaba perdido. Más cerca del suicidio que de re-hacer su suerte.
Un día, por causalidades de la vida, se encontró sólo consigo mismo. Vio la desnudez de su alma, la grandeza que albergaba en su seno. Y se sobrecogió.
Desde el mismo instante en que tomó esa otra nueva conciencia de sí, no pudo sino verse transformado y transportado a una nueva forma de existencia.
Un estado en el que las cosas mundanas dejan de causar aflicción porque ya no son miradas con ojos mundanos. Mortimer vislumbró la chispa divina, el Dios que llevamos dentro, nuestro propio Dios. El Dios libre de ataduras ideológicas; el Dios que no es propiedad de nadie porque es de todos.

La paz era posible, sí, pero individualmente. Mortimer estaba en paz consigo mismo, había alcanzado un grado más en la madurez del espíritu. Estaba dispuesto a vivir en paz con el universo, a no dejar en manos de otros sus riendas. Ya estaba en "El Camino". Mortimer descubrió la respuesta que lanzara en su día el Oráculo de Delfos a Sócrates. Mortimer sabía quién era.

Mortimer era amor, era paciencia, era delicadeza, era pasión. Su imaginación no tenía fronteras, escuchaba y comprendía desde el fondo de su alma.
El fluir de su pensamiento se aquietó, las riendas ya no tenían una misión que cumplir, ya no sujetaban una fiera rugiente al otro extremo.
Su corazón se ennobleció. Dejó de juzgar y jurar en vano, dejó de odiar y tachó de su diccionario las palabras adversario, venganza, cobardía y rencor...

¿Cúales tacharíais vosotros?...


5 comentarios:

jartos dijo...

...odio, ira, codicia, falsedad...

La soledad que describes me encanta, me relaja y la anhelo mucho.

Un abrazo amigo y Buen Camino.

El Enigma dijo...

Todos tenemos de todo un poco a modo de cocotel.

Saludos e interesante relato.

El Enigma
Nox atra cava circumvolat umbra

frank dijo...

Tacharía el miedo.
Ese miedo que convive con el ser humano y que quizás lo define como especie.
Es este miedo el que determina en gran parte nuesto comportamiento cultural... y las guerras.

¿alguna vez podremos hacer y confiar?

unsologato dijo...

Pero hombre... que ya sos el gurú del barrio y Mortimer te ha hecho el favor de revelarte la senda de crecimiento espiritual...
Yo no tacharía ninguna palabra, porque todas son necesarias para seguir en el camino de entender algo de este complejo universo... Pero como dice Doc... el miedo, es de las cosas que más estupideces engendran...

Abrazo felino en relativa paz con los propios bigotes y el mundo...

Aguila dijo...

Sin duda, de acuerdo con Doc y Unsologato. Si quitásemos el miedo las cosas cambiarían demasiado. ¿Cuántas situaciones aguanta la gente por miedo? ¿Cuántos pasos no se dan por miedo? Pero la vida hay que vivirla con equilibrio; con valentía. Ni teniendo miedo ni siendo arriesgados en extremo, simplemente con valentía, pues nada podemos perder.
Buen comienzo de verano.
Me ha encantado este artículo, sigamos creciendo.

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