domingo, 18 de junio de 2006

Los misterios de la Madre.

El embarazo transcurría con aparente normalidad. El feto crecía conforme pasaban los días. Ahora ya se movía. Al cumplirse los cinco meses de gestación, la madre comenzó a tener unos dolores nuevos hasta el momento.

Es sabido que el embarazo, además de ser una bendición, es tambien un calvario para la madre. Las rápidas y bruscas transformaciones que sufre el cuerpo de la mujer durante el embarazo no están exentas de dolor, tanto físico como emocional y mental. Pero en este caso los dolores se salían de los patrones que regían estas cosas.

La embarazada se llevó las manos a las caderas y se arqueó hacia atrás, en un intento de paliar en algo el dolor que la recorría de arriba a bajo. Se levantó apoyándose en el brazo del sofá. Sus movimientos eran pesadamente torpes a causa del gran volumen que tenía su tripa, demasiado grande para su tiempo de embarazo.

Al día siguiente los dolores aumentaron y la embarazada, preocupada por lo desconocido, se fue al hospital.

El médico, tras realizarle una ecografía, vió que el cuello del útero estaba encogiendo. Eso era peligroso y podría causar, de seguir mengüando, un parto prematuro.

La embarazada retuvo el corazón en un puño tras escuchar el diagnóstico del facultativo. Empezó a temer por la vida de su bebé y las lágrimas comenzaron a brotar en sus ojos. El médico la intentó consolar con palabras suaves. Le recetó reposo absoluto. Sólo podía ir de la cama al sofá y del sofá al servicio, y poco más.

La embarazada llamó al marido por teléfono con más lágrimas que antes. Le contó lo sucedido y él la tranquilizó como sólo sabe tranquilizar un marido que ama a su mujer.

El hombre lo haría todo. Ella no tenía que preocuparse de nada. La tendría como a una reina.


El hombre se levantaba a las seis y media para ir a trabajar. Debía dejar antes al hijo pequeño en la guardería. Así que despues de arreglarse él, despertaba al niño de 30 meses, le ponía un pañal limpio, le vestía, le lavaba la carita, le hechaba colonia, le ponía el babi y salían de casa, dejando antes un beso, ambos, en la mejilla de la madre, que se quedaba en la cama, agustito, antes de cerrar la puerta suavemente.


El hombre tenía sólo una hora para comer, de 2 a 3. En ese tiempo debía recoger al niño de la guardería, comprar el pan, poner la mesa, acostar al niño la siesta, servir la comida, comer, recoger los platos, poner el lava-vajillas, calentarse un café, tomarselo, darle un beso a la mujer y coger el coche para llegar al trabajo a tiempo.

Cuando llegaba a casa, a las seis y media de la tarde, se tenía que poner a preparar la merienda del niño. Despues de dársela le volvía a cambiar el pañal y le arreglaba para salir un rato al parque, pero antes ponía alguna lavadora, destendía la ropa que el día anterior había tendido, recogía el cuarto de baño un poco, fregaba el suelo de la cocina, hacía la cama de la siesta del niño, o cuarquier otra cosa por el estilo.

Cuando subía del parque con el niño, ya había estado en la tienda comprando leche, o yougures, o café y azucar, o fruta, o cereales, o pañales y toallitas, para reponer lo que a diario se gastaba.

Después bañaba al niño, no sin antes haber estado haciéndose mimos y carantoñas, los tres, tumbados en la cama.

La madre no podía hacer esfuerzo alguno, se sentaba al lado de la bañera para participar del baño de alguna manera. Tras el baño el padre ponía el último pañal del día y el pijama al niño, tras lo cual lo llevaba a la cocina, donde lo sentaba en la trona mientras el padre hacía la cena para los tres.

Tras una cena en familia, el padre cogía al niño, y la madre los seguía detrás hasta la habitación del pequeño. Lo acostaban y la madre se sentaba en el sofá a ver alguna serie en la televisión mientras el padre recogía la cocina. Cuando terminaba de recogerlo todo y de dejarlo bien limpio y reluciente, se sentaba al lado de la mujer y se abrazaban.

No había tiempo para más. El día siguiente sería otro nuevo día.

1 comentario:

Southmac dijo...

Todo esto me ha recordado una canción de Marianne Faithfull. Se titula Working-class hero.

PD: si no es del todo ficción, suerte.

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