miércoles, 21 de febrero de 2007

La última lágrima.

De un ceniciento pañuelo

cayó una lágrima perlada,

un ojito almibarado y brillante

la dejó caer sin llorar, sin querer,

mientras su corazón despetalaba.


Fue la última, la perlada,

que se derramó a favor del viento,

a favor de una brisa embriagada

enviada por el mismo camino desierto,

nunca jamás elegido por dentro.


Todos los brillos salieron de ella,

y todos los arcoíris iridiscentes,

y todas las incidentes luces cegadoras,

y los anaranjados y fríos atardeceres.


Como globos de colores

con sus cordeles colgando,

ascendió, suicida y sin freno,

para acabar estallando en el cielo

y desaparecer para siempre.

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