sábado, 2 de febrero de 2008

Día libre.

El cenicero rebosaba de colillas aplastadas. La botella de Jack Daniels descansaba mientras el vaso "on the rock's" aún seguía trabajando. Ya eran las siete de la mañana. Había sido una noche larga y Mortimer quería irse a dormir, pero antes acabaría el bourbon y terminaría la partida.
Mortimer echó sus cartas boca arriba en la mesa. Llevaba poker de ases. La dama que jugaba enfrente, dejó de mirar las cartas de la mesa para clavar su vista en las profundas pupilas de su oponente. Dejó sus cartas boca abajo y sin mediar palabra se puso en pie despojándose de la última prenda que aún le quedaba en el cuerpo.
Totalmente desnuda se fue hacia Mortimer para susurrarle al oído:
-Puedes venir a recoger tu premio.
Mortimer la miró de reojo mientras se alejaba hacia la cama. Sus curvas se iluminaron cuando el cuerpo creó un contra luz entre Mortimer y la lámpara de la mesilla de noche.
-¿No vienes?- dijo la misteriosa dama desde la cama tumbada.
Mortimer miró las cartas, y sin dejar de hacerlo, cogió con su mano derecha la botella de burbon, con la izquierda el vaso vacío y, mientras terminaba de verter el último poco de licor que quedaba en la botella, dijo:
-Ya ha amanecido, la noche ha sido muy larga, y no he ganado la última partida. El ocaso me espera; y a las estrellas no hay que hacerlas esperar- y se bebió el último sorbo de un trago.
La dama se quedó callada, no podía decir nada pues sus cartas escondían una escalera de color. Mortimer se levantó de la mesa, cogió el abrigo del respaldo de la silla y se lo puso, recogió el tabaco y el mechero y tras guardarlos en el bolsillo su mano volvió a la mesa alzando entre sus dedos el as de corazones que podía haberle hecho ganar la partida. Y mientras abría la puerta de la calle se llevó la carta a los labios, le estampó un beso y la lanzó delicadamente. Y el beso fue suavemente transportado por el as de corazones hasta los pies de la dama que yacía en la cama.
Esta recogió la carta con cuidado, como si el beso pudiera caerse, y se pegó al corazón el as de corazones, por el lado donde quedó estampado el beso de Mortimer. Pero Mortimer ya se había marchado cuando la dama recogía la carta y no pudo ver ésta escena tan bonita.

Mortimer se deslumbró al salir por el portal a la calle. Empezó a caminar y, no habiendo dado aún más de quince pasos, se topó de frente con lo que parecía ser un canta-autor callejero, o lo que es lo mismo, un tío greñudo, con vaqueros, barba de siete días o más, poco limpio y una guitarra caravanchelera bajo el brazo.
Al momento, el canta-autor empezó a rasgar las gastadas cuerdas de la guitarra. Empezó a sonar un ritmo lento, de tres acordes y, mirando a Mortimer a los ojos, comenzó a cantar en tono grave:

"Me drogo para olvidar,
para soñar que tengo alas y volar
sobre ésta vida
que no es la mía.
Esta realidad
nunca ha ido conmigo.
Voy en soledad
vagando y divagando
por caminos inciertos
con paso lento
hacia el abismo del ocaso,
donde empieza la noche
que pocos han visto
y menos han de conocer.
Nada importa más
que mi propia libertad;
y la busco por las calles,
en las barras de los bares,
por los suburbios de la ciudad.
Tal vez con la esperanza
de poderla un día abrazar
y descubrir que mi vida
es una vida más,
además particular,
como el patio de tu casa,
como todas las demás.
Te busco libertad
por el cielo y por el mar,
en los bosques y en la ciudad,
porque ya sólo veo
tu imagen borrosa
entre los recuerdos
de mi soledad".

Mortimer sacó un billete del monedero y lo echó en el sombrero del canta-autor callejero, añadiendo:

-Que al final de la existencia no descubras con sorpresa que malgastaste “Tu” libertad buscando “La” libertad.

A lo que el cantautor callejero respondió:

-¡Ecce homo!

2 comentarios:

3vairado dijo...

Me gustaria entender el último deseo de Mortimer.

Mui interesante!!!!!!!!!!

ecce dijo...

Ya mí.
Este Mortimer es a veces tan enigmático, verdad?
Saludos.

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