miércoles, 27 de febrero de 2008

La escalera.

La Luna brillaba llena, a sus anchas, por un cielo claro y despejado, fondeado de estrellas. Mórtimer no entendía que hacía allí sentado, en aquellas frías escaleras del piso octavo, a esas horas de la noche, sin apenas abrigo y con la cara pegajosa de las lágrimas que había llorado. Y debió haber sido grande el llanto, pues no sólo la cara tenía llena de lágrimas, también en la camiseta las había, pero éstas iban mezcladas con mocos y salivas, las mangas lo delataban especialmente. Llevaba puesto un pantalón de pijama fino, de entre tiempo, más bien de verano y las zapatillas de andar por casa, unas de felpa, rojas y gastadas.
La luz de la escalera se encendió. Algún vecino que ha entrado, se dijo Mórtimer sin pensarlo. Y, tras decir ésto sin pensar, pensó de inmediato que el vecino podría muy bien venir a su mismo piso e indudablemente le vería allí sentado, encogido de frío en las escaleras después de haberse llorado y moqueado encima. ¿Qué hago yo aquí?, se preguntaba Mórtimer.
El ascensor ya había sido llamado y, solícito, bajaba al encuentro del vecino, que acababa de pulsar el botoncito de la pared. Si se fundiese ahora mismo el ascensor, pensó Mórtimer, pero inmediátamente se dió cuenta de lo absurdo de su deseo. Si el ascensor se estropease el vecino tendría que subir por las escaleras, y entonces abría más posibilidades de que lo viese allí sentado. Tendría que soportar la tensión de ir escuchando como se va acercando el sonido de los zapatos pisando contra los escalones uno a uno, peldaño a peldaño, piso a piso, hasta llegar a la octava altura, que era donde Mórtimer se encogía de frío, de vergüenza, de impotencia y de dudas que le aterraban. Qué hago aquí, se repetía la pregunta en su cabeza.
El ascensor vacío llegó al bajo y paró. A través de la puerta que daba al hueco del aparato elevador, Mórtimer pudo escuchar como entraba el inquilino en él. Que no apriete el ocho, suplicó a cualquiera que tuviese ese poder. En ese momento la luz de la escalera se apagó, estaba programada para iluminar un tiempo determinado. Mórtimer se acurrucó aun más. El piloto naranja del pulsador de la luz de la escalera cobró protagonismo en ese momento, pasó a ser un punto de referencia en un mar de oscuridad. Se tranquilizó sabiendo que en cualquier momento, en el que él quisiera, podría levantarse y con un sólo gesto de su dedo se haría la luz de nuevo en la escalera, por tiempo limitado, claro.
El ascensor comenzó a subir. Mórtimer comenzó a contar los pisos por los que, con un sonido característico, pasaba el ascensor. Era un ascensor viejo y achacoso, le sonaban los huesos, pero aún seguía pasando anualmente las revisiones obligatorias que la ley establece para éstos aparatos, que tan buen invento han resultado ser. Si los ascensores hablasen, cuan pobladas estarían las escaleras. Cuantas perrerías no le habrán hecho los críos del portal al que presta servicio de elevación y descenso a todos y cada uno de los vecinos de ésta escalera, día y noche, fielmente y sin quejarse ni de una tuerca, ni de un mal cable pelado. Se montaban cinco o seis niños y apretaban el botón del piso más alto y, mientras iba el aparato subiéndolos, botaban para ver lo que aguantaba; cómo se zarandeaba y rozaba por los carriles que lo guiaban. Otras veces se montaban y dejaban apretado el botón de un piso cualquiera, daba igual porque el ascensor no subiría, el juego consistía en verificar los frenos, con el dedo de una mano apretaban un piso al azar, con el dedo de la otra pisaban el botón rojo de parada de emergencia. El efecto, que se conseguía soltando y apretando muy rápido el botón de parada, como si estuviesen apretando el botón de disparo en una máquina de marcianitos, se podría asemejar a una cocktelera. Los críos se lo pasaban en grande, pero el pobre ascensor no ganaba para averías.
Mórtimer escucha el trayecto del ascensor a través de los viejos ruidos y cuenta los pisos mentalmente. Primero, y la cuenta atrás, que ahora es incremental, había dado comienzo. Este sería un buen momento para hacer apuestas, ¿irá el vecino al segundo, al quinto, al noveno?. Segundo, los latidos se aceleran en el cuerpo de Mórtimer, su respiración aumenta el ritmo y los mocos resecos, dentro de su nariz, se revelan como un impedimento, entonces se suena en la camiseta intentando no hacer mucho ruido. Tercero, el ascensor asciende lento pero seguro, no tiene intención de parar en el primero, ni en el segundo, ni en el tercero. Cuarto, ya va por la mitad, piensa Mórtimer mientras aprieta los labios más fuerte de lo que ya los tenía. Quinto, las apuestas se van a cerrar, en el caso de que las hubiese habido. Sexto, Mórtimer sentía el culo helado y el asiento cada vez más duro, clavándosele en los huesos, pareciera que la gravedad se hubiera vuelto más grave y atrajese a los cuerpos y a los traseros con más violencia hacia el centro de la tierra, que es en donde a Mórtimer le gustaría encontrarse ahora, muy problablemente. Séptimo, con la respiración contenida, Mórtimer espera la inminente caída de la hoja filosa de una guillotina extraña y severa sobre su cuello. El estómago se le revuelve, no tiene nada sólido en las tripas pero vomita, dejando las escaleras llenas de bilis en el momento que el ascensor para en el octavo.
La luz del ascensor iluminó el rellano de la escalera al abrirse la puerta, Mórtimer no podía ver quién era desde donde se encogía de miedo. La puerta del ascensor se cerró y, durante un momento, todo volvió a quedar negro, menos el pequeño piloto naranja del pulsador de la escalera. El vecino andó unos pasos, se escucharon tres, se paró sin haber encendido la luz, que es como mejor se escucha, escuchó sin la interferencia de otros sentidos más poderosos como la vista, y adelantándose dos pasos más, alargó el brazo, y con un gesto de su dedo se hizo la luz, de nuevo, en la escalera, por tiempo limitado.
Mórtimer tenía el rostro escondido entre las manos, las manos cerca de las rodillas y el culo cada vez más apretado del frío de la escalera y del miedo incontrolado que le hacía balancearse de un lado a otro, como un loco, como un pirado.
Mórtimer oyó como le llamaban por su nombre, era la voz del vecino, aunque no lo veía por tener los ojos tapados, cerrados a cal y canto, lo sabía. La voz lo llamó de nuevo, ésta vez con mayor insistencia, pero Mórtimer no reaccionaba. Entonces Mórtimer sintió que una mano se posaba suavemente en su hombro, y todo él se estremeció de un escalofrío que recorrió la totalidad de su cuerpo, de arriba abajo, como si un rayo lo hubiese atravesado. Tras lo cual Mórtimer sintió como el miedo se alejaba, la impotencia desaparecía, y la rabia contenida entre los labios apretados daban paso a los opuestos positivos. La calma y la serenidad, la fortaleza y la seguridad y la boca entreabierta vinieron a ocupar el hueco minado por los contrarios, que huyeron en desbandada.
La luz de la escalera se volvió a apagar. Mórtimer levantó la cabeza, todo estaba oscuro menos la luz naranja del pulsador. Se levantó y su cuerpo entumecido le hizo hacerlo con cuidado. La paz y la tranquilidad recuperadas no quitan los dolores del entumecimiento del cuerpo, pero ayudan a espabilarlo. Una vez que Mórtimer consiguió recuperar, casi al cien por cien, su movilidad, a base de estiramiento aquí, giro de cadera y cuello allá, brazos arriba, abajo y atrás, consiguió, digo, bajar dos peldaños, dar cuatro pasos y, con un gesto de su dedo, hacer la luz en el octavo, por tiempo limitado.
El vecino ya no estaba allí, vino con la oscuridad y se marchó con la luz. Mórtimer estaba tranquilo, extrañamente en calma. Pero las dudas no tardaron en llegarle desde lo lejos, primero eran pequeñas, pero poco a poco se acercaban y crecían y Mórtimer no estaba seguro de que la realidad no le hubiese abandonado y todo ésto no haya sido más que un mal sueño que se tiene cuando estás drogado. Mórtimer volvió, dudando, sobre sus pasos para sentarse de nuevo en la escalera, y allí sentado se fué quedando dormido, atrapado por el cansancio de lo vivido y dudando como un cosaco. Duda maldita que estertoras en mis entrañas..., podría haber dicho Mórtimer si hubiese leído el blog de Ecce Hommo, pero lo único que consiguieron articular sus labios fue un ¿Qué hago yo aquí?. Y la luz, cumplido su tiempo, se apagó.

Mórtimer abrió lo ojos y lo primero que vio fue un techo blanco, impoluto y ceniciento, resplandeciendo por la luz fría que de los fluorescentes tubos colgados manaba. Una mujer vestida de blanco apareció por el lado derecho del campo visual de Mórtimer, hizo un esfuerzo para girar la cabeza hacia ella, pero un dolor intenso y punzante se lo impidió. Sin decir palabra la mujer vestida de blanco sacó de su bolsillo un bolígrafo, que en vez de escribir encendía una luz en la punta. Primero a uno y después al otro, la mujer vestida de blanco alumbró con aquella luz los ojos de Mórtimer. Ha tenido usted mucha suerte, dijo al fin la mujer vestida de blanco. ¿Dónde estoy?, ¿qué hago aquí?, Mórtimer quería preguntar pero la voz no le salía por la boca. Está usted en el Hospital del Jaus, ha sufrido un accidente. Los ojos de Mórtimer se clavaron en los de la mujer vestida de blanco, suplicando respuestas, y ésta lo entendió, pues era vieja en el oficio y tenía experiencia, Se cayó usted por las escaleras de su casa, se dio un fuerte golpe en la cabeza, éste es el octavo día que lleva ingresado, concluyó la mujer vestida de blanco. Mórtimer cerró los ojos, tenía la extraña impresión de que la planta en la que estaba también era la octava. Se encontraba extrañamente en calma, Será que me tienen drogado, pensó, y poco a poco perdió el hilo del pensamiento consciente y se quedó dormido, esta vez plácidamente.

1 comentario:

Rafa MJ dijo...

Mira que no suelo leer las historias de Mortimer. Las empiezo, pero me aburro y las dejo. Qué quieres, todo no me puede gustar y me hace más gracia cuando te pones a insultar a alguien (con tus razones) o cuando cuentas cosillas de la obra y de GNU/Linux. Sin embargo esta me ha gustado bastante. Por cierto, ¿sabías que "Jaus" es el nick que yo utilizo para chatear por ser las primeras letras de mi segundo apellido? ¡Qué honor tener un hospital llamado así! ¡Y qué gracia me ha hecho!

Me encanta ese grabado de Escher. Es de lo más conocido que tiene pero no de lo mejor. Hace poco más de un año vi una exposición en Madrid, en Plaza Castilla. No sé si sigue o se ha movido pero la recomiendo si alguien la tiene al alcance.

Related Posts with Thumbnails