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lunes, 25 de febrero de 2008

Yo y mis botas.

Llaneando por vastos campos, tórridos y amarillos, acompañado por nuesro sol estival, ese que a todos los seres que bajo él se encuentran atiza collejas ardientes en el pescuezo, o en la sesera si no hay sombrero que la calva proteja de sus largas manos de fuego, buscan mis polvorientas botas el final de ésta jornada que nos ha llevado por desiertos y montañas, y que ahora es llanura lo que nos resta. Los huéspedes que albergan dentro, éstas gemelas acordonadas, van cociéndose a fuego lento, a cada paso, que también, por qué no decirlo, son ya lentos. Marchan apretadamente aprisionados, sin rechistar siquiera, como en una lenta agonía, como en una aciaga letanía que no paran de susurrar nuestros labios, como en una eterna semana Santa que comienza con cada nuevo día, cada vez que el Sol comienza a despuntar en el huidizo horizonte, cuando el cielo comienza a tornarse gris y los de-votos vuelven a sacar en procesión al Santo, tallado en nobles maderas con ese gesto desvalido, de cordero a punto de ser degollado a las puertas del matadero; que para otros es el cielo. Santo mártir que entregó su vida a una causa; miren sus manos de alabanza y mirada fija, clavándose en lo más alto del azul del firmamento que cubre el Orbe, intentando escrutar por entre las nubes el más leve indicio de un Dios salvador, tendedor de manos auxiliadoras, que nos libere a todos de nuestras propias garras, castigadoras y crueles, y de nosotros mismos. A los amigos hay que tenerlos cerca, pero a los enemigos más, dirá Dios.
Todos los pasos dados van encontrando su sino, la respuesta a su por qué hemos sufrido tanto, en cuanto divisan, tras cruzar el último recodo, la luz al fondo del camino, la señal que perseguía la esperanza cuando se nos escapó con el Sol en lo más alto, hacia el mediodía. Escapó de un tirón traicionero, como el perro de presa que ha encontrado el rastro de su vida y, presa de los instintos que rigen su pequeño destino, ha salido disparado, soltándose, liberándose de la correa de su amo que le impedía cumplir su objetivo vital. Tal vez éste perro no tuviese otra oportunidad de sentirse realizado, por eso le hechó cojones y desafió la ley del amo, siendo consciente de que si su empresa fracasaba el castigo estaría pronto en sus lomos en forma de palos y patadas. Pero quería salvar su circunstancia vital, la circunstancia orteguiana de ser perro y querer serlo como es debido, con todas sus consecuencias. Pensaba el perro que era dueño de sus actos y de sus pensamientos, cuando era el instinto, suyo también, el que escribía y dirigía sus actuaciones. Pero quién puede sacar de su error a éste pobre animal sin arriesgarse a serlo, una vez más, él mismo.
La luz parecía estar cada vez más cerca, olía a hogar, los pasos se aceleraron con la emoción de la pronta llegada y del aroma fresco del rastro reencontrado, desafiando el cansancio acumulado durante el día, que fue más por haber perdido a la esperanza, que tan fuertemente creían tener sujeta y amarrada, que por haber sufrido tantos pesares durante el camino.
Pero la ilusión de acercamiento pronto dió paso a la realidad, porque la óptica a veces juega malas pasadas, y lo que creemos acercamiento no es más, ni menos, que avistamiento. Y de lo uno a lo otro va un océano, o un paseo; eso ya dependiendo de quién y cómo ande, que no es lo mismo medir uno ochenta y calzar un sesenta, que ser damisela japonesa.
Y la luz nunca acababa de llegar por más que los pies corrían. Con la luz en el horizonte y nada entre ambos el camino es recto, llano y liso, está claro. Parece que ya nada puede impedir que los pies alcancen la meta, que el perro alcance el manantial de donde proviene el olor que estaba siguiendo; como un perro, como lo que es, como lo que era aun sin saberlo.
El camino está claro, la luz nos indica la meta. Allí espera nuestra inminente llegada la esperanza, con la presa y la promesa en la boca, haciendo el hogar más confortable para una vida nueva; de perro o de lo que sea.
Sin ella y por ella hemos salido a caminar por un sendero nuevo y desconocido, porque hizo una promesa pero no dijo lo que era, ni de qué se trataba. Pero aunque lo intuímos de refilón a la primera eso había que descubrirlo.
Si yo hubiese nacido gato estaría, hace mucho tiempo, muerto. La curiosidad siempre me puede, esto me pasa desde niño, y mis pies no pueden quedarse quietos, como los de Fred, y ante la alternativa, que ya conocía y creía gastada, escogieron mis botas seguir el desconocido sendero, porque era nuevo y, además, rebosaba misterio y secreto. ¿Quién puede sustraerse al infujo de éste imán tan poderoso?, díjole el hueso al perro.

Fin.

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