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martes, 23 de diciembre de 2008

Traspiés.


Un pequeño traspiés hace perder el equilibrio a cualquiera. El funambulista no se puede sostener erguido sobre la cuerda y cae. Da igual para que lado de la cuerda haya caído, lo que importa es el hecho de que está cayendo. Inexorablemente, el batacazo está servido. El suelo se acerca endemoniádamente rápido hacia el cuerpo vencido, que inútilmente patalea en caída libre gritando contra el viento. Ya es tarde para cambiar de estrategia. Ya es tarde hasta para pensar que ya es tarde para cambiar de estrategia. No hay tiempo para nada. Y si no hay tiempo para nada tampoco nos hace falta el tiempo para nada. Prescindimos de él, el gran torturador, como huiríamos de la peste si la hubiésemos conocido, consiguiendo la eternidad del momento, del presente, sin el agobio de las horas y de los minutos. Nos quedamos en éste segundo para siempre, en esta caída hacia el suelo, ficticia o no, que nos acerca al borde de un momento trascendente, la liberación del momento presente frente a un traspiés traicionero que vino a trastocarnos la rutina del que hubiera sido un día miserable cualquiera. Hoy es un día grande. No porque el funambulista vaya a estrellarse contra el suelo desparramándose todo él por el solemne verdugo que llegará a ser el suelo, justo en el preciso instante en que se junten los dos, sino por la gravedad del momento. No la gravedad Newtoniana, sino la del asunto que nos ocupa, el verse inmerso en una caída libre cien por cien mortal en su resolución, sin escape posible y siendo consciente enteramente de lo que sucede, o va a terminar sucediendo. Esa es la grandeza del momento, verte liberado porque estás totalmente atrapado en una caída mortal, la cual hace que te importe un huevo todo y nada. Es cuando el "que le den por el culo a todo" cobra un sentido pleno y auténtico, dotando al que lo dice de una libertad absoluta y una seguridad a prueba de golpes.
A nuestro funambulista no le queda mucho trecho para enfrentarse al dilema de si el suelo será blando y mullido, acogedor en su seno o, por el contrario, será de esos otros, frío e impertérrito, ajeno a todo y a todos los que se cruzan en su camino, duro de roer o amedrentar, porque si al suelo éste se le pudiera convencer con alguna artimaña ingeniosa de que cediera al impacto, o de que se apartara dejando un hueco sin fin por el que pudiera el funambulista estar cayendo hasta cruzar la tierra y aterrizar en una playa en las antípodas..., sería la leche, una buena oportunidad de escapar de lo inevitable. Pero la realidad es otra, más apremiante que nada y que todo, se trata de desentrañar en un instante, en lo que dura una caída vertical desde que se tiene un traspiés hasta que el cuerpo pataleante alcanza el objetivo llamado suelo, lo que él es, lo que sea ésta vida para el funambulista. Debe alcanzar el todo o lo máximo posible de todo. Pero el tiempo es nimio, queda menos que nada para lo que pudiera ser un fatal desenlace para los testigos, pero una gran azaña y un gran logro para el funambulista.
Los cuerpos se tocan, el cuerpo del funambulista por fin alcanza su objetivo. Chocan y el funambulista sale con seis costillas rotas, el cráneo abierto, las piernas partidas y la columna cervical hecha un ocho, pero aun respira y puede llegar a decir algo, entre borbotones de sangre, espasmos y combulsiones se puede oír claramente como dice sus ultimas palabras antes de morir: "Grrrrrgggggrrr... aaarrrgggg".

2 comentarios:

3vairado dijo...

si la gravedad se invierte aun se puede parar la caída.

feliz navidad

ecce hommo dijo...

¡Felices fiestas!

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