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viernes, 23 de enero de 2009

Efemérides y otras cosas.

El día 24 de enero de 2003 vino al mundo, unos meses antes de lo esperado, mi niño. El día antes, pero de 1989, murió Dalí. El día que Dalí se fue a criar malvas éste que les pinta ésta historia contaba con tan sólo 17 primaveras y, (muy lejos de pensar que quince años más tarde sería papá de un vástago encantador), pasaba sus adolescentes, inconscientes y despreocupadas horas saltando en paracaídas y batallando una mentira con los dientes apretados, cumpliendo voluntariamente con la obligación que tenía, por aquellos entonces, todo español mayor de edad, de servir, durante un periodo temporal, en el ejército de ésta querida España nuestra. Eso era la Mili. La Mili también fue una perrita que tuve cuando aun vivía en la casa de mis padres. Le puse de nombre Milana Bonita, como la grajilla del Azarías en la película de 'los Santos inocentes', pero en casa la llamábamos cariñosamente 'Mili'. Pero eso es otra historia que deberá ser contada en otra ocasión, como decían siempre en la historia interminable, el libro ese que nunca llegué a terminar; como ese otro de un tal Tolkien y que tampoco logré llevar a fin, cómo se titulaba... ah, sí, 'El olor de los calzoncillos', no, espera, 'el hedor de los pedillos', no, creo que tampoco era ese..., ya, 'el calor del veranillo'; vagamente recuerdo que iba de unos enanos que vivían en media tierra, caminaban descalzos y se ponían hasta el culo de cervezas en la taberna de un tal Gordor, junto con un mago que era gandul, o algo así. Y es que los libros de ese tipo me dan sueño, y las películas que se hicieron de ellos también me dan sueño, y las almohadas, por supuesto, aunque, ahora que lo pienso, también me da bastante sueño, sopor mortecino, cuando mezclo el sofá del salón de mi casa con el telediario, después de comer y tras haber tomado el café, eso sí es un coctel explosivo. Pero lo que sin lugar a dudas me ha dado más sueño jamás en la vida ha sido la anestesia médica que me pusieron una vez que me operaron del tabique nasal porque no podía respirar, o dicho en positivo, porque me asfixiaba. Yo jamás me operaría por estética, a no ser que estuviese forrado. Pero lo que no haría nunca sería empeñarme a plazos por una cuestión estética, a no ser que mi vida dependiera de ello. Por ejemplo, no se..., que se me chamusque la picha por estar ahí dándole a toda leche y que me la tengan que recomponer; en ese caso mentiría al cirujano e incrementaría algunos centímetros la medida original cuando el buen señor me preguntase, ¿Y cuánto dice que le medía antes del genital accidente?. Lo que ocurre es que yo no sé mentir y seguro que, a poco psicólogo que fuese el cirujano, notaría el embuste y, en represalia orgullosa, me recompondría el miembro más menguado que la primigenia y original medida. Nadie me creería si al verme el pequeño miembro recompuesto les contase que antes era de mayor medida, nadie. Por eso evito las mentiras, y los trenes sin destino, porque no sabes a dónde te van a llevar. Sin embargo, con la sinceridad se va a todas partes. Eso, por lo menos, es lo que me decían de pequeño. Luego de mayor descubrí que si eres demasiado sincero puedes tener problemas. Pero eso no fue óbice para que dejara de serlo. Por eso tengo lo que tengo, pero soy lo que soy. Y hoy soy un padre orgulloso de su hijo mayor que cumple cinco añitos. Un niño fuerte, inteligente, afectuoso, sincero, cariñoso, sensible, educado, delicado, honesto, generoso, simpático y muy alegre, risueño y sonriente casi siempre, tiene buen despertar, como su padre, y es muy hablador, como su madre. Es un apasionado de la pintura, ya ha pintado miles de cuadernos, cientos de folios, decenas de cuartillas. Su trabajo artístico no se limita solamente a la pintura, también hace esculturas con plastilinas y costrucciones con el Lego. Su estilo siempre es abstracto, aunque según avanza en su obra se van vislumbrando tintes realistas que acentúan el carácter distraído y casual que envuelve todo su arte.
En fin, que muchas veces no queremos más que decir cuatro cosas pero, no se sabe por qué, te empiezas a enrollar, mejor dicho, a desenrollar y no paras de escribir y escribir y, como los procesadores de texto no gastan tinta como las máquinas de escribir antiguas, ni tampoco gastamos papeles, pues ¡hala!, a decir todo lo que se nos pase por la sesera, por el coco, por la mollera, y venga a derrochar sinónimos, iguales, semejantes, analógos equivalentes, parecidos, y venga a poner adjetivos a todo puñetero nombre viviente, y venga a llenar el disco duro del servidor de Blogger de información de dudosa utilidad. Desde luego que si mis diversos profesores de lengua castellana me vieran hoy en día escribir una décima parte de lo que llevo escrito no me hubiesen suspendido la asignatura en tantas ocasiones, demasiadas para el gusto de cualquiera, aunque no digo que injustas ni que no las mereciera. Joder, mira que fui mal estudiante. Pero bueno, creo que ya me he redimido con creces y he aprendido la lección.
De momento aquí se queda la cosa, descansando, que comiénzome a notar un leve entumecimiento en la punta del cerebro, y eso quiere decir que tengo una ineludible cita con los sueños.

PD: Un afectuoso saludo a todos los profesores que intentaron alguna vez, no sin éxito, enseñarme algo de provecho.

video

5 comentarios:

3vairado dijo...

Pa tan malo estudiante, muy bueno es el estilo;
felicidades para el orgulloso padre e para el hijo de quien tanto el padre se orgulla;

(mi castellano tendrá muchos errores; pero es que jamás lo he estudiado)

ecce hommo dijo...

Uno hace lo que buenamente puede. Y se te perdonan todas las patadas que tan bien le das al diccionario. Te explicas y se te entiende notablemente. Yo no sería capaz de expresarme en la lengua de Camões tan bien como lo haces tú en la de Cervantes.
Obrigado. Saudações cordiais.

Malalua dijo...

De acuerdo con el autor del primer comentario: no se nota nada que hayas suspendido alguna vez.

También te felicito por ese niño tan creativo, se nota lo mucho que ilumina tu vida.

Besos.

ecce hommo dijo...

Pue sí Malalua, no fui buen estudiante, que no mal alumno, cuando me correspondía. Los verbos y yo no conjugábamos en un pasado imperfecto. Pero eso, y muchas otras cosas, pesado equipaje, ya pasaron, al igual que el tiempo de laureles y lisonjas.
Ahora es tiempo de lisonjear y enorgullecerme de mi hijo. Apenas sé si me quedarán babas que caerse de las comisuras de mi boca con los dos nenes que me iluminan el camino, pues creo que ya casi las he derramado todas.
Gracias por tu visita.
Abrazos.

Adolfo Ortega Mayoral dijo...

otra mirada en plastilina visitar el bloog ,os gustara...
http://azarydon.blogspot.com/

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