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domingo, 18 de enero de 2009

El 'factor Dios'.


En algún lugar de la India. Una fila de piezas de artillería en posición.
Atado a la boca de cada una de ellas hay un hombre.
En primer plano de la fotografía, un oficial británico levanta la espada y va a dar orden de disparar. No disponemos de imágenes del efecto de los disparos, pero hasta la más obtusa de las imaginaciones podrá 'ver' cabezas y troncos dispersos por el campo de tiro, restos sanguinolentos, vísceras, miembros amputados. Los hombres eran rebeldes.
En algún lugar de Angola.
Dos soldados portugueses levantan por los brazos a un negro que quizá no esté muerto, otro soldado empuña un machete y se prepara para separar la cabeza del cuerpo. Esta es la primera fotografía. En la segunda, esta vez hay una segunda fotografía, la cabeza ya ha sido cortada, está clavada en un palo, y los soldados se ríen. El negro era un guerrillero
En algún lugar de Israel. Mientras algunos soldados israelíes inmovilizan a un palestino, otro militar le parte a martillazos los huesos de la mano derecha. El palestino había tirado piedras. Estados Unidos de América del Norte, ciudad de Nueva York. Dos aviones comerciales norteamericanos, secuestrados por terroristas relacionados con el integrismo islámico, se lanzan contra las torres del World Trade Center y las derriban. Por el mismo procedimiento un tercer avión causa daños enormes en el edificio del Pentágono, sede del poder bélico de Estados Unidos. Los muertos, enterrados entre los escombros, reducidos a migajas, volatilizados, se cuentan por millares.
Las fotografías de India, de Angola y de Israel nos lanzan el horror a la cara, las víctimas se nos muestran en el mismo momento de la tortura, de la agónica expectativa, de la muerte abyecta. En Nueva York, todo pareció irreal al principio, un episodio repetido y sin novedad de una catástrofe cinematográfica más, realmente arrebatadora por el grado de ilusión conseguido por el técnico de efectos especiales, pero limpio de estertores, de chorros de sangre, de carnes aplastadas, de huesos triturados, de mierda.
El horror, escondido como un animal inmundo, esperó a que saliésemos de la estupefacción para saltarnos a la garganta. El horror dijo por primera vez 'aquí estoy' cuando aquellas personas se lanzaron al vacío como si acabasen de escoger una muerte que fuese suya.
Ahora, el horror aparecerá a cada instante al remover una piedra, un trozo de pared,una chapa de aluminio retorcida, y será una cabeza irreconocible, un brazo, una pierna, un abdomen deshecho, un tórax aplastado. Pero hasta esto mismo es repetitivo y monótono, en cierto modo ya conocido por las imágenes que nos llegaron de aquella Ruanda- de-un-millón-de-muertos, de aquel Vietnam cocido a napalm, de aquellas ejecuciones en estadios llenos de gente, de aquellos linchamientos y apaleamientos, de aquellos soldados iraquíes sepultados vivos bajo toneladas de arena, de aquellas bombas atómicas que arrasaron y calcinaron Hiroshima y Nagasaki, de aquellos crematorios nazis vomitando cenizas,
de aquellos camiones para retirar cadáveres como si se tratase de basura. Siempre tendremos
que morir de algo, pero ya se ha perdido la cuenta de los seres humanos muertos de las peores maneras que los humanos han sido capaces de inventar. Una de ellas, la más criminal,
la más absurda, la que más ofende a la simple razón, es aquella que, desde el principio de los tiempos y de las civilizaciones, manda matar en nombre de Dios.
Ya se ha dicho que las religiones, todas ellas, sin excepción, nunca han servido para aproximar y congraciar a los hombres; que, por el contrario, han sido y siguen siendo causa de
sufrimientos inenarrables, de matanzas, de monstruosas violencias físicas y espirituales que constituyen uno de los más tenebrosos capítulos de la miserable historia humana. Al menos en señal de respeto por la vida, deberíamos tener el valor de proclamar en todas las circunstancias esta verdad evidente y demostrable, pero la mayoría de los creyentes de cualquier religión no sólo fingen ignorarlo, sino que se yerguen iracundos e intolerantes contra aquellos para quienes Dios no es más que un nombre, nada más que un nombre, el nombre que, por miedo a morir, le pusimos un día y que vendría a dificultar nuestro paso a una humanización real. A cambio nos prometía paraísos y nos amenazaba con infiernos, tan falsos los unos como los otros, insultos descarados a una inteligencia y aun sentido común que tanto trabajo nos costó conseguir.
Dice Nietzsche que todo estaría permitido si Dios no existiese, y yo respondo que precisamente por causa y en nombre de Dios es por lo que se ha permitido y justificado todo, principalmente lo peor, principalmente lo más horrendo y cruel.
Durante siglos, la Inquisición fue, también, como hoy los talibán, una organización terrorista dedicada a interpretar perversamente textos sagrados que deberían merecer el respeto de quien en ellos decía creer, un monstruoso connubio pactado entre la Religión y el Estado contra la libertad de conciencia y contra el más humano de los derechos: el derecho a decir no, el derecho a la herejía, el derecho a escoger otra cosa, que sólo eso es lo que la palabra herejía significa.
Y, con todo, Dios es inocente. Inocente como algo que no existe, que no ha existido ni existirá nunca, inocente de haber creado un universo entero para colocar en él seres capaces de cometer los mayores crímenes para luego justificarlos diciendo que son celebraciones de su poder y de su gloria, mientras los muertos se van acumulando, estos de las torres gemelas de Nueva York, y todos los demás que, en nombre de un Dios convertido en asesino por la voluntad y por la acción de los hombres, han cubierto e insisten en cubrir de terror y sangre las páginas de la Historia.
Los dioses, pienso yo, sólo existen en el cerebro humano, prosperan o se deterioran dentro del mismo universo que los ha inventado, pero el `factor Dios ́, ese, está presente en la vida
como si efectivamente fuese dueño y señor de ella. No es un dios, sino el `factor Dios ́ el que se exhibe en los billetes de dólar y se muestra en los carteles que piden para América (la de Estados Unidos, no la otra...) la bendición divina. Y fue en el `factor Dios ́ en lo que se transformó el dios islámico que lanzó contra las torres del World Trade Center los aviones de
la revuelta contra los desprecios y de la venganza contra las humillaciones.
Se dirá que un dios se dedicó a sembrar vientos y que otro dios responde ahora con tempestades. Es posible, y quizá sea cierto. Pero no han sido ellos, pobres dioses sin culpa, ha sido el `factor Dios ́, ese que es terriblemente igual en todos los seres humanos donde quiera que estén y sea cual sea la religión que profesen, ese que ha intoxicado el pensamiento y abierto las puertas a las intolerancias más sórdidas, ese que no respeta sino aquello en lo que manda creer, el que después de presumir de haber hecho de la bestia un hombre acabó por hacer del hombre una bestia.
Al lector creyente (de cualquier creencia...) que haya conseguido soportar la repugnancia que probablemente le inspiren estas palabras, no le pido que se pase al ateísmo de quien las ha escrito. Simplemente le ruego que comprenda, con el sentimiento, si no puede ser con la razón, que, si hay Dios, hay un solo Dios, y que, en su relación con él, lo que menos importa es el nombre que le han enseñado a darle. Y que desconfíe del `factor Dios ́.
No le faltan enemigos al espíritu humano, mas ese es uno de los más pertinaces y corrosivos. Como ha quedado demostrado y desgraciadamente seguirá demostrándose.
José Saramago

9 comentarios:

3vairado dijo...

Saramago, como tantos otros, habla de dios y de la política como si fuera um "iluminado"- el que acede a un conocimiento superior, i.e., de dios; se arroga el poder de juzgar a todos, menos sus prejuizios; hace, justamente, lo que comdemna.

ecce hommo dijo...

Pero tiene razon!, aunque nos duela.
Saludos.

ecce hommo dijo...

Además, Saramago es un escritor honrrado, dice lo que piensa y piensa lo que dice. No está intentando ser un iluminado. Cualquiera que piense con un mínimo de libertad se dará cuenta del engaño que es el factor Dios.
Lo que ocurre es que aún hay mucho miedo y muchos esclavos que aspiran a la vida eterna, y que prefieren creerse lo que otros les dictan antes de tomarse la molestia de rumiar sus propios pensamientos, ¡eso es un trabajo tedioso!.
Que no insulten más nuestra inteligencia, sea poca o mucha, intentando hacernos tragar ruedas de molino como si fuesen meras pastitas de té.
Vale.

3vairado dijo...

tiene razón, i.e., es capaz de apresentar sus razones y eso lo hace muy bien y de forma desasombrada; pero quando dice (tal como tu) que solo los esclavos, los que no piensan... toman dios en serio no está dando razones; está solo a juzgar los otros por sus razones; no haze diferencia entre una razon y una superior (como si fuera posible- transcendente) que estuviera fuera del razonamiento; se cree que acede a una "razón metafisica"; esos son los iluminados- los mas terribles personages de la historia;
que culpa tendrá Ala de que unos cabrones hagan explotar los trenes de Atocha; que culpa tendrá dios para que um Torquemada se haya inventado la inquisición...
no se puede confundir lo que es una doctrina religiosa con lo que hacen los que se dicen religiosos y iluminados;
Saramago es un ficcionista excelente (he leido muchos de sus livros); sus comentarios politicos padecen de falta de critica.

ecce hommo dijo...

¿Cuántos beatos no son esclavos del 'Señor', (de la doctrina de las Iglesias), y no se permiten ni siquiera tener un pensamiento propio por miedo al purgatorio, al infierno, a la condena eterna?
Literalmente, somos esclavos de nuestras creencias, hasta que no tomamos las riendas de nuestra espiritualidad. Yo no niego a Dios, niego la visión de El que otros me quieren hacer creer. El único Dios que yo conozco está dentro de mí. Y ese Dios no es otro que yo. La espiritualidad, o la religión, son cosa particular de cada uno. En cada uno está la capacidad de elevarse por encima de la esclavitud y llegar a desarrollar el gran potencial de que disponemos, llamemoslo iluminación o como se quiera.
Muy al contrario de ser perjudicial, los iluminados han llevado la luz a muchos ciegos, hablo de los iluminados Sénecas, Platones, Aristóteles, Unamunos, Gandhis, Jesucristos, Budas, Confucios, etc, etc, etc..., si estos han sido peligrosos para la humanidad...
Dios no tiene la culpa de éstas atrocidades, es cierto, tienes razón cuando dices que la culpa es de los hombres que utilizan la religion como arma.
Los 'creyentes', siguen ciegamente una doctrina, unas ideas impuestas, acerca de lo que sea la espiritualidad. No se cuestionan aquello que les han hecho tragar como verdad, lo dan por verdadero sin más, es más, llegan a creerselo de tal manera que son capaces de sufrir por ello, incluso hasta dan la vida por unas creencias ajenas. ¿Cómo se puede dar una sola vida por una creencia prestada?.
¿Cuántos políticos conoces que sean verdaderamente políticos? La política es una lacra, tal y como la conocemos ahora, es un cancer que nos está destruyendo. Creo que Saramago critica bien y a conciencia, no solo en sus comentarios sino también en sus libros, toda la mala praxis política, y deja al descubierto muchas de las malas artes de la que se vale el aparato de gobierno para conseguir sus propósitos.
Y recuerda el mito de la caverna. Saramago no está juzgando desde una posición metafísica, tan solo está diciendo lo que él ve cuando te has liberado de las sombras cavernosas que la mayoría borreguil toman como la realidad verdadera e inmutable.
Vale.

3vairado dijo...

Seneca, Platón, Aristóteles, Unamuno, Gandhi jamas se an proclamado "iluminados"; estan justamente del otro lado, del lado que no sabe, del que busca el saber; ahí estárá la diferencia entre entre religión y filosofia, entre ciencia y ideologia.
A lo mejor Saramago aún está en la caverna y se juzga ya en la luz.
Gracias por comentar mis comentarios.
Saludos

ecce hommo dijo...

Saramago tampoco se ha proclamado nada, que yo sepa, ni los otros tampoco. Somos nosotros los que nos deslumbramos con la luz que de ellos emana. Somos nosotros los que los adjetivamos con esa etiqueta tan luminosa, nosotros que aun estamos en tinieblas. Ellos son los que nos muestran un camino nuevo a través de los caminos ya gastados por los siglos.
A lo mejor es que nuestra ignorancia es tan densa que no nos llega nada de esa iluminación y no conseguimos descifrar esas metáforas tan complicadas.
A lo mejor estamos hablando desde la seguridad que confiere la ignorancia y estemos juzgando hechos y dichos que nos superan, ya que puede que estemos aun en el mundo de las sombras creyendo estar fuera de la caverna.
A lo mejor la luz que nosotros idolatramos no sea más que el fuego que produce las sombras dentro de la caverna y que confundimos con el Sol que brilla afuera.
¿Cómo saberlo?, ¿a quién consultaremos para saber si realmente estamos dentro o fuera de la caverna?, ¿a quíen creeremos?.
Abrazos.

3vairado dijo...

Derivando- por que será que las metáforas del saber se relacionam casi siempre con la luz, pero no con el sonido?
e:brazos

Anónimo dijo...

tal vez es bueno leer de Zecharia Sischin , el 12ºplaneta

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