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martes, 5 de mayo de 2009

La revolución de las sacas vacías.

El hombre es el único animal que es capaz de elevarse a lo más sublime y también de bajar a la cota más superficial. El hombre es capaz de lo bello y de lo horrendo. Es capaz de regalar una flor y de asesinar. Todo hombre es una contradicción, un dilema, una dicotomía, un caos, un problema que debe ser resuelto, un río al que hay que llevar al cauce apropiado; y yo el primero.
Uno sólo puede resolver su propio problema, su circunstancia, navegando en su propio río, lo demás es vanidad. Nadie puede navegar en otro río que no sea el suyo; aunque tú quieras, aunque tu mente esté dispuesta a ser conquistada por fuerzas extranjeras, porque interiormente sabes que sólo es una solución ajena, porque interiormente algo dentro de ti no puede dejar de dudar; y a algo que dejas que se te pegue, porque crees que esa pegajosidad te puede proteger, lo llamas fe. Pero tu fe es inversamente proporcional a la duda que eres capaz de generar, a más duda menos fe, y viceversa. Y cada día te cuesta más creer ciegamente en nada porque cada vez ves que hay más pruebas concluyentes de que el camino de la fe no lleva a ninguna parte, es un círculo vicioso de arrepentimiento y muerte, de abstinencias, de hambres, de anhelos, de tergiversos, de interpretaciones maliciosas e incitación a la violencia en el nombre de un dios que nadie conoce a no ser por sus maldades y castigos, por su crueldad para con sus "hijos".
Pero todo está en ti, todo está en mí. Todos tus problemas, todas tus dudas, tus pasiones, tus venganzas, tus amores, todo está en tu interior, y en el mío. Por eso no hay nada que te pueda liberar de la carga, esa que no has elegido llevar pero que te has ganado a pulso por las decisiones que has ido tomando en la vida, como yo, como todos...
Sólo tú puedes arreglar lo que tú mismo has creado en tu cabeza. Sólo tú puedes verter el lastre que frena tu ascenso hacia cotas más altas de existencia.
Puedes meterte la escobilla del water por la boca, hasta el cerebro, y límpiate toda la mierda que tienes pegada. Tendrás que restregar mucho y muy fuerte, con vigor. Al principio deberás humedecer bien los trozos más secos para que se vayan reblandeciendo, si no costará muchísimo más desincrustarlos. Y te digo que encontrarás grandes trozos de mierda tan encastrados que creerás que forman parte de ti, creerás que esa mierda eres tú.
O también puedes hacer como yo, escribirlo en un blog como estos. Aquí puedes verterte, vaciarte de todo lo que te rebosa, de lo que te escuece, de lo que te prende, de lo que te apaga, de lo que te pone a mil, o de lo que te duele, o de lo que te huele. Todo lo tuyo es humano, original, exclusivo. Da igual que sea mierda, o un pastel de crema, todo cabe, todo sale de la misma saca.
La cosa es vaciarla, dejar la saca limpia, en calma, para que la disfrutes siempre nueva. Para que los tesoros que metas posteriormente dentro no sean salpicados por la morralla. Llegará un día en el que vaciar la saca sea la idea generalizada entre los humanos. Imagínate que revolución puede ser esa.
Los humanos, tal y como los conocemos hoy, no llegarán muy lejos si no evolucionan, si no vacían la saca y se quedan limpios. Sólo los que consigan superar ese afán, ese empeño por llenar de basura la saca, superarán la prueba que es la vida.
Ecce hommo, he aquí al hombre, el hombre tal y como era ayer, como va siendo ahora, no sabemos nada del mañana pero la gente hace apuestas, una dicotomía errante, sin destino ni meta que alcanzar. Vagabundo mental que aún está en los albores de la infancia, que apenas le han quitado el chupete, que todavía se desvela lloroso por que ha tenido una mala pesadilla, qué tonto, habiéndolas buenas, como esas en que todo lo que aborreces perece aplastado por fuerzas malignas entre múltiples padecimientos y miles de lloros y lamentos y a ti no te ocurre nada porque sólo eras el testigo, el único testigo de la pesadilla vengadora, liberadora.
Y el humor siempre y en todo lugar y momento como telón de fondo, como mullido colchón, siempre presente, para transformar los ladrillos en pasteles, sin azúcar para los más diabéticos, para alargar las ganas de comer, de crecer con salud en un ambiente demasiado serio, enrarecido, artificial y tan ajeno a la alegría y a la belleza, a la creación, a la pereza por ir a guerrear...

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